sábado, 20 de septiembre de 2014

EDGAR ALLAN POE

EDGAR ALLAN POE


Escritor estadounidense (19 de enero de 1809 - 7 de octubre de 1849), cuentista, poeta, editor y crítico, considerado el padre del cuento de terror y del short story (cuento corto) en su país. Fue precursor también del relato policial y tuvo gran influencia en la literatura simbolista francesa.

Nació en Boston, (Massachusetts), hijo de un matrimonio de actores, y a los dos años quedó huérfano. Fue adoptado por un matrimonio del que tomaría el apellido, Allan. Su padre adoptivo era un acaudalado hombre de negocios de Richmond. Estudió en Inglaterra entre 1815 y 1820 e inició estudios en la Universidad de Virginia. Se alistó en el Ejército, en el que permaneció dos años, y estuvo unos meses en la academia militar de West Point. La expulsión de la academia provocó la ruptura con su padre adoptivo. En 1832, se casó con Virginia Clemn, su prima adolescente, quien moriría a los 25 años.

Dedicado al periodismo, fue redactor de varios periódicos y revistas, trasladándose continuamente entre Boston, Baltimore y Nueva York, incapaz de encontrar un trabajo fijo. Con todo, su estilo agudo, a veces cruel, sobre todo en la crítica literaria, le dio cierta notoriedad en la costa Este. A la vez publicaba sus historias cortas. Por fin alcanzó fama nacional con el poema El cuervo. Continuamente asediado por problemas económicos, la muerte de su mujer por tuberculosis (al igual que sus padres biológicos) en 1847 agravó su alcoholismo.

Los encontraron inconsciente una mañana frente a una taberna en Baltimore (Maryland). Probablemente afectado de delirium tremens, fue trasladado al hospital, donde murió. La causa precisa de su muerte es aun hoy controvertida, habiéndose señalado también la posibilidad de que sufriera diabetes, varios tipos de deficiencias enzimáticas, e incluso rabia.

Obra
Cultivó tanto la narrativa como la poesía y el ensayo, y realizó aportaciones originales en estos campos. Se le considera una gran inluencia en el Simbolismo (en el género lírico), dado su influjo seminal sobre su traductor al francés, el poeta simbolista Charles Baudelaire, creador de esta escuela en Francia (se debe aclarar que esta influencia fue estrictamente temática, ya que parte de la ideología simbolista propugnaba que el horror y el espanto también debian tener cabida en el concepto universal de belleza, punto de encuentro entre ellos y Poe; pero en cuanto a forma, Poe y los simbolistas divergen, ya que de hecho, la obra poética de Poe es, generalmente, considerada poco relevante en el género lírico). En cuanto a los relatos de género fantástico y terror, anticipó la narrativa de ciencia-ficción (o ficción científica) y especialmente la novela policial a través de cuentos en los que se resuelven lógicamente complejos problemas, como El escarabajo de oro, o las narraciones detectivescas que tienen como protagonista al caballero Dupin, como Los asesinatos de la Calle Morgue o La carta robada. En Dupin se inspiró probablemente Arthur Conan Doyle para desarrollar el personaje de Sherlock Holmes. En la literatura latinoamericana, ejerció también gran influencia sobre Jorge Luis Borges y Julio Cortázar.

En poesía, fue autor de composiciones de extraordinaria musicalidad, como "Las campanas" y "Annabel Lee", que hicieron casi imposible su traducción a otros idiomas, a no ser en prosa. La más popular de todas ellas es "El cuervo", un poema narrativo en el que se cuenta la llegada de un cuervo a la estancia de un hombre solitario, una noche de tormenta, y que a las atribuladas preguntas del personaje sobre el destino y su amada muerta responde con el latiguillo "never more" (nunca más).

Poe ejerció la crítica literaria, en la que se mostró enemigo del aldeanismo estadounidense y partidario de una creación más cosmopolita e indagó, muy técnicamente para tratarse de un autor romántico, y a veces algo irónicamente, sobre los misterios y técnicas de la composición literaria, especialmente en su famoso "Método de composición" del poema "El cuervo".

Poemas

El cuervo (The Raven) (Texto completo en Wikisource)
Las campanas (The Bells)
Annabel Lee
Relatos

El escarabajo de oro (The Gold Bug), 1843. (Texto completo en Wikisource)
Doble asesinato en la calle Morgue (The Murders in the Rue Morgue), 1841.
El gato negro (The Black Cat), 1843.
La barrica de amontillado (The Cask of Amontillado), 1846.
La caída de la casa Usher (The Fall of the House of Usher), 1839. (Texto completo en Wikisource)
La esfinge, 1846.
Manuscrito hallado en una botella, 1833.
La carta robada (The Purloined Letter), 1844. (Texto completo en Wikisource)
El caso Valdemar (The Facts in the Case of M. Valdemar), 1845.
El cajón oblongo, 1844.
El rey peste, 1835.
La máscara de la muerte roja (The Masque of the Red Death), 1842.
Berenice, 1835.
Ligeia, 1838.
Morella, 1835.
El misterio de María Roget (The Mystery of Marie Roget), 1843.
Descenso en el Maelström (A Descent into the Maelström), 1841.
El enterramiento prematuro, 1844.
Un hombre en la multitud, 1840.
El corazón delator (The Tell-Tale Heart), 1843.
El pozo y el péndulo (The Pit and the Pendulum), 1842.
El retrato oval, 1842.
La cita, 1834.
William Wilson, 1839.

Novela

Las aventuras de Gordon Pym (The Narrative of Arthur Gordon Pym of Nantucket),

CORAZON DELATOR

¡Es verdad! Soy nervioso, terriblemente nervioso. Siempre lo he sido y lo soy, pero, ¿podría decirse que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, no los había destruido ni apagado. Sobre todo, tenía el sentido del oído agudo. Oía todo sobre el cielo y la tierra. Oía muchas cosas del infierno. Entonces, ¿cómo voy a estar loco? Escuchen y observen con qué tranquilidad, con qué cordura puedo contarles toda la historia.

Me resulta imposible decir cómo surgió en mi cabeza esa idea por primera vez; pero, una vez concebida, me persiguió día y noche. No perseguía ningún fin. No había pasión. Yo quería mucho al viejo. Nunca me había hecho nada malo. nunca me había insultado. no deseaba su oro. Creo que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre. Era un ojo de un color azul pálido, con una fina película delante. Cada vez que posaba ese ojo en mí, se me enfriaba la sangre; y así, muy gradualmente, fui decidiendo quitarle la vida al viejo y quitarme así de encima ese ojo para siempre.

Pues bien, así fue. Usted creerá que estoy loco. Los locos no saben nada. Pero debería haberme visto. Debería usted haber visto con qué sabiduría procedí, con qué cuidado, con qué previsión, con qué disimulo me puse a trabajar. Nunca había sido tan amable con el viejo como la semana antes de matarlo. Y cada noche, cerca de medianoche, yo hacía girar el picaporte de su puerta y la abría, con mucho cuidado. Y después, cuando la había abierto lo suficiente para pasar la cabeza, levantaba una linterna cerrada, completamente cerrada, de modo que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Cómo se habría reído usted si hubiera visto con qué astucia pasaba la cabeza! La movía muy despacio, muy lentamente, para no molestar el sueño del viejo. Me llevaba una hora meter toda la cabeza por esa abertura hasta donde podía verlo dormir sobre su cama. ¡Ja! ¿Podría un loco actuar con tanta prudencia? Y luego, cuando mi cabeza estaba bien dentro de la habitación, abría la linterna con cautela, con mucho cuidado (porque las bisagras hacían ruido), hasta que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Hice todo esto durante siete largas noches, cada noche cerca de las doce, pero siempre encontraba el ojo cerrado y era imposible hacer el trabajo, ya que no era el viejo quien me irritaba, sino su ojo. Y cada mañana, cuando amanecía, iba sin miedo a su habitación y le hablaba resueltamente, llamándole por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Por tanto verá usted que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que cada noche, a las doce, yo iba a mirarlo mientras dormía.

La octava noche, fui más cuidadoso cuando abrí la puerta. El minutero de un reloj de pulsera se mueve más rápido de lo que se movía mi mano. Nunca antes había sentido el alcance de mi fuerza, de mi sagacidad. Casi no podía contener mis sentimientos de triunfo, al pensar que estaba abriendo la puerta poco a poco, y él ni soñaba con el secreto de mis acciones e ideas. Me reí entre dientes ante esa idea. Y tal vez me oyó porque se movió en la cama, de repente, como sobresaltado. pensará usted que retrocedí, pero no fue así. Su habitación estaba tan negra como la noche más cerrada, ya que él cerraba las persianas por miedo a que entraran ladrones; entonces, sabía que no me vería abrir la puerta y seguí empujando suavemente, suavemente.

Ya había introducido la cabeza y estaba para abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló con el cierre metálico y el viejo se incorporó en la cama, gritando:
-¿Quién anda ahí?

Me quedé quieto y no dije nada. Durante una hora entera, no moví ni un músculo y mientras tanto no oí que volviera a acostarse en la cama. Aún estaba sentado, escuchando, como había hecho yo mismo, noche tras noche, escuchando los relojes de la muerte en la pared.

Oí de pronto un quejido y supe que era el quejido del terror mortal, no era un quejido de dolor o tristeza. ¡No! Era el sonido ahogado que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Yo conocía perfectamente ese sonido. Muchas veces, justo a medianoche, cuando todo el mundo dormía, surgió de mi pecho, profundizando con su temible eco, los terrores que me enloquecían. Digo que lo conocía bien. Sabía lo que el viejo sentía y sentí lástima por él, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Sabía que él había estado despierto desde el primer débil sonido, cuando se había vuelto en la cama. Sus miedos habían crecido desde entonces. Había estado intentando imaginar que aquel ruido era inofensivo, pero no podía. Se había estado diciendo a sí mismo: "No es más que el viento en la chimenea, no es más que un ratón que camina sobre el suelo", o "No es más que un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de convencerse de estas suposiciones, pero era en vano. Todo en vano, ya que la muerte, al acercársele se había deslizado furtiva y envolvía a su víctima. Y era la fúnebre influencia de aquella imperceptible sombra la que le movía a sentir, aunque no veía ni oía, a sentir la presencia dentro de la habitación.

Cuando hube esperado mucho tiempo, muy pacientemente, sin oír que se acostara, decidí abrir un poco, muy poco, una ranura en la linterna. Entonces la abrí -no sabe usted con qué suavidad- hasta que, por fin, su solo rayo, como el hilo de una telaraña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo del buitre.

Estaba abierto, bien abierto y me enfurecí mientras lo miraba, lo veía con total claridad, de un azul apagado, con aquella terrible película que me helaba el alma. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo, ya que había dirigido el rayo, como por instinto, exactamente al punto maldito.

¿No le he dicho que lo que usted cree locura es solo mayor agudeza de los sentidos? Luego llegó a mis oídos un suave, triste y rápido sonido como el que hace un reloj cuando está envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latido del corazón del viejo. Aumentó mi furia, como el redoblar de un tambor estimula al soldado en batalla.

Sin embargo, incluso en ese momento me contuve y seguí callado. Apenas respiraba. Mantuve la linterna inmóvil. Intenté mantener con toda firmeza la luz sobre el ojo. Mientras tanto, el infernal latido del corazón iba en aumento. Crecía cada vez más rápido y más fuerte a cada instante. El terror del viejo debe haber sido espantoso. Era cada vez más fuerte, más fuerte... ¿Me entiende? Le he dicho que soy nervioso y así es. Pues bien, en la hora muerta de la noche, entre el atroz silencio de la antigua casa, un ruido tan extraño me excitaba con un terror incontrolable. Sin embargo, por unos minutos más me contuve y me quedé quieto. Pero el latido era cada vez más fuerte, más fuerte. Creí que aquel corazón iba a explotar. Y se apoderó de mí una nueva ansiedad: ¡Los vecinos podrían escuchar el latido del corazón! ¡Al viejo le había llegado la hora! Con un fuerte grito, abrí la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez, sólo una vez. En un momento, lo tiré al suelo y arrojé la pesada cama sobre él. Después sonreí alegremente al ver que el hecho estaba consumado. Pero, durante muchos minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Sin embargo, no me preocupaba, porque el latido no podría oírse a través de la pared. Finalmente, cesó. El viejo estaba muerto. Quité la cama y examiné el cuerpo. Sí, estaba duro, duro como una piedra. Pasé mi mano sobre el corazón y allí la dejé durante unos minutos. No había pulsaciones. Estaba muerto. Su ojo ya no me preocuparía más.

Si aún me cree usted loco, no pensará lo mismo cuando describa las sabias precauciones que tomé para esconder el cadáver. La noche avanzaba y trabajé con rapidez, pero en silencio. En primer lugar descuarticé el cadáver. le corté la cabeza, los brazos y las piernas. Después levanté tres planchas del suelo de la habitación y deposité los restos en el hueco. Luego coloqué las tablas con tanta inteligencia y astucia que ningún ojo humano, ni siquiera el suyo, podría haber detectado nada extraño. No había nada que limpiar; no había manchas de ningún tipo, ni siquiera de sangre. Había sido demasiado precavido para eso. Todo estaba recogido. ¡Ja, ja!

Cuando terminé con estas tareas, eran las cuatro... Todavía oscuro como medianoche. Al sonar la campanada de la hora, golpearon la puerta de la calle. Bajé a abrir muy tranquilo, ya que no había anda que temer. Entraron tres hombres que se presentaron, muy cordialmente, como oficiales de la policía. Un vecino había oído un grito durante la noche, por lo cual había sospechas de algún atentado. Se había hecho una denuncia en la policía, y ellos, los oficiales, habían sido enviados a registrar el lugar. Sonreí, ya que no había nada que temer. Di la bienvenida a los caballeros. Dije que el alarido había sido producido por mí durante un sueño. Dije que el viejo estaba fuera, en el campo. Llevé a los visitantes por toda la casa. Les dije que registraran bien. Por fin los llevé a su habitación, les enseñé sus tesoros, seguros e intactos. En el entusiasmo de mi confianza, llevé sillas al cuarto y les dije que descansaran allí mientras yo, con la salvaje audacia que me daba mi triunfo perfecto, colocaba mi silla sobre el mismo lugar donde reposaba el cadáver de la víctima.

Los oficiales se mostraron satisfechos. Mi forma de proceder los había convencido. Yo me sentía especialmente cómodo. Se sentaron y hablaron de cosas comunes mientras yo les contestaba muy animado. Pero, de repente, empecé a sentir que me ponía pálido y deseé que se fueran. Me dolía la cabeza y me pareció oír un sonido; pero se quedaron sentados y siguieron conversando. El ruido se hizo más claro, cada vez más claro. Hablé más como para olvidarme de esa sensación; pero cada vez se hacía más claro... hasta que por fin me di cuenta de que el ruido no estaba en mis oídos.

Sin duda, me había puesto muy pálido, pero hablé con más fluidez y en voz más alta. Sin embargo, el ruido aumentaba. ¿Qué hacer? Era un sonido bajo, sordo, rápido... como el sonido de un reloj de pulsera envuelto en algodón. traté de recuperar el aliento... pero los oficiales no lo oyeron. Hablé más rápido, con más vehemencia, pero el ruido seguía aumentando. Me puse de pie y empecé a discutir sobre cosas insignificantes en voz muy alta y con violentos gestos; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Caminé de un lado a otro con pasos fuerte, como furioso por las observaciones de aquellos hombres; pero el sonido seguía creciendo. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Me salía espuma de la rabia... maldije... juré balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del suelo, pero el ruido aumentaba su tono cada vez más. Crecía y crecía y era cada vez más fuerte. Y sin embargo los hombres seguían conversando tranquilamente y sonreían. ¿Era posible que no oyeran? ¡Dios Todopoderoso! ¡No, no! ¡Claro que oían! ¡Y sospechaban! ¡Lo sabían! ¡Se estaban burlando de mi horror! Esto es lo que pasaba y así lo pienso ahora. Todo era preferible a esta agonía. Cualquier cosa era más soportable que este espanto. ¡Ya no aguantaba más esas hipócritas sonrisas! Sentía que debía gritar o morir. Y entonces, otra vez, escuchen... ¡más fuerte..., mas fuerte..., más fuerte!

-¡No finjan más, malvados! -grité- . ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esas tablas!... ¡Aquí..., aquí! ¡Donde está latiendo su horrible corazón!


Argumento:

Se encontraban hablando un psicólogo y un hombre el cual se le determinaba si estaba loco, el hombre presentaba actitudes de locura pero le empezó a hablar al psicólogo de un asesinato que el mismo había realizado.

Comento que todas las tarde que salía de su casa había un anciano que poseía un ojo de buitre y que cada vez que lo miraba sentía un escalofrió y desde la primera vez que lo vio esa misma noche, lo empezó a espiar a la media noche entro a la casa y siempre prendía una linterna con una luz muy fina, para poderle apuntar a los ojos pero siempre estaba dormido hasta que a la octava noche tratando de abrir ola ventana se le resbalo la mano y produjo un gran ruido, quedando el anciano sentado y pegando un grito, el hombre no hacia ninguna clase de ruido y durante una hora fue así, el anciano no se acostaba entonces el hombre predio la linterna y al encenderla le estaba apuntando a los ojos inmediatamente se le lanzo, lo boto al piso y la cama se la voltio para ahogarlo, pero detonas maneras el corazón seguí latiendo, el hombre lo ahogo por su propia cuenta para deshacerse del cuerpo quito tres metros de arena y al cuerpo lo despedazo la cabeza por un lado los brazos por otro y las piernas, lo enterró disimulando la realización del hueco en el terreno.

Cuando al otro día llego la policía diciendo que habían dicho que en esta parte se escucho un grito, el hombre empezó a negar todo, estaba muy calmado pero al final ya que los policías se iban a ir el hombre se puso pálido, nervioso le empezó a salir espuma por la boca, hasta que confeso el lugar donde lo había enterrado.

La conclusión de este cuento se basa en que por mas que uno quiera ocultar las cosas esas cosas se terminan sabiendo por si solas sin querer uno expresarlas mas los nervios de esconder un cadáver.

Un hombre confiesa haber matado a un viejo por temor al ojo de la víctima. Los sonidos que sólo él oye le atormentan. Un maníaco asesino es impelido por su inconsciente a confesar su culpa, donde el asesino termina entregándose por no soportar la opresión de la culpa, porque no deja de sentir el corazón que enterró latiendo, la mirada del ojo que cerró.




No hay comentarios:

Publicar un comentario