EDGAR ALLAN POE
Escritor estadounidense (19 de enero de 1809 - 7 de octubre
de 1849), cuentista, poeta, editor y crítico, considerado el padre del cuento
de terror y del short story (cuento corto) en su país. Fue precursor también
del relato policial y tuvo gran influencia en la literatura simbolista
francesa.
Nació en Boston, (Massachusetts), hijo de un matrimonio de
actores, y a los dos años quedó huérfano. Fue adoptado por un matrimonio del
que tomaría el apellido, Allan. Su padre adoptivo era un acaudalado hombre de negocios
de Richmond. Estudió en Inglaterra entre 1815 y 1820 e inició estudios en la Universidad de
Virginia. Se alistó en el Ejército, en el que permaneció dos años, y estuvo
unos meses en la academia militar de West Point. La expulsión de la academia
provocó la ruptura con su padre adoptivo. En 1832, se casó con Virginia Clemn,
su prima adolescente, quien moriría a los 25 años.
Dedicado al periodismo, fue redactor de varios periódicos y
revistas, trasladándose continuamente entre Boston, Baltimore y Nueva York,
incapaz de encontrar un trabajo fijo. Con todo, su estilo agudo, a veces cruel,
sobre todo en la crítica literaria, le dio cierta notoriedad en la costa Este.
A la vez publicaba sus historias cortas. Por fin alcanzó fama nacional con el
poema El cuervo. Continuamente asediado por problemas económicos, la muerte de
su mujer por tuberculosis (al igual que sus padres biológicos) en 1847 agravó
su alcoholismo.
Los encontraron inconsciente una mañana frente a una taberna
en Baltimore (Maryland). Probablemente afectado de delirium tremens, fue
trasladado al hospital, donde murió. La causa precisa de su muerte es aun hoy
controvertida, habiéndose señalado también la posibilidad de que sufriera
diabetes, varios tipos de deficiencias enzimáticas, e incluso rabia.
Obra
Cultivó tanto la narrativa como la poesía y el ensayo, y
realizó aportaciones originales en estos campos. Se le considera una gran
inluencia en el Simbolismo (en el género lírico), dado su influjo seminal sobre
su traductor al francés, el poeta simbolista Charles Baudelaire, creador de
esta escuela en Francia (se debe aclarar que esta influencia fue estrictamente
temática, ya que parte de la ideología simbolista propugnaba que el horror y el
espanto también debian tener cabida en el concepto universal de belleza, punto
de encuentro entre ellos y Poe; pero en cuanto a forma, Poe y los simbolistas
divergen, ya que de hecho, la obra poética de Poe es, generalmente, considerada
poco relevante en el género lírico). En cuanto a los relatos de género fantástico
y terror, anticipó la narrativa de ciencia-ficción (o ficción científica) y
especialmente la novela policial a través de cuentos en los que se resuelven
lógicamente complejos problemas, como El escarabajo de oro, o las narraciones
detectivescas que tienen como protagonista al caballero Dupin, como Los
asesinatos de la Calle
Morgue o La carta robada. En Dupin se inspiró probablemente
Arthur Conan Doyle para desarrollar el personaje de Sherlock Holmes. En la
literatura latinoamericana, ejerció también gran influencia sobre Jorge Luis
Borges y Julio Cortázar.
En poesía, fue autor de composiciones de extraordinaria
musicalidad, como "Las campanas" y "Annabel Lee", que
hicieron casi imposible su traducción a otros idiomas, a no ser en prosa. La
más popular de todas ellas es "El cuervo", un poema narrativo en el
que se cuenta la llegada de un cuervo a la estancia de un hombre solitario, una
noche de tormenta, y que a las atribuladas preguntas del personaje sobre el
destino y su amada muerta responde con el latiguillo "never more"
(nunca más).
Poe ejerció la crítica literaria, en la que se mostró
enemigo del aldeanismo estadounidense y partidario de una creación más
cosmopolita e indagó, muy técnicamente para tratarse de un autor romántico, y a
veces algo irónicamente, sobre los misterios y técnicas de la composición
literaria, especialmente en su famoso "Método de composición" del
poema "El cuervo".
Poemas
El cuervo (The Raven) (Texto completo en Wikisource)
Las
campanas (The Bells)
Annabel Lee
Relatos
El escarabajo de oro (The Gold Bug), 1843. (Texto completo
en Wikisource)
Doble asesinato en la calle Morgue (The Murders in the Rue
Morgue), 1841.
El gato negro (The Black Cat), 1843.
La barrica
de amontillado (The Cask of Amontillado), 1846.
La caída de
la casa Usher (The Fall of the House of Usher), 1839. (Texto completo en
Wikisource)
La esfinge, 1846.
Manuscrito hallado en una botella, 1833.
La carta
robada (The Purloined Letter), 1844. (Texto completo en Wikisource)
El caso
Valdemar (The Facts in the Case of M. Valdemar), 1845.
El cajón oblongo, 1844.
El rey peste, 1835.
La máscara de la muerte roja (The Masque of the Red Death),
1842.
Berenice,
1835.
Ligeia,
1838.
Morella,
1835.
El misterio
de María Roget (The Mystery of Marie Roget), 1843.
Descenso en el Maelström (A Descent into the Maelström),
1841.
El enterramiento prematuro, 1844.
Un hombre en la multitud, 1840.
El corazón
delator (The Tell-Tale Heart), 1843.
El pozo y el péndulo (The Pit and the Pendulum), 1842.
El retrato oval, 1842.
La cita,
1834.
William
Wilson, 1839.
Novela
Las
aventuras de Gordon Pym (The Narrative of Arthur Gordon Pym of Nantucket),
CORAZON DELATOR
¡Es verdad! Soy nervioso, terriblemente nervioso. Siempre lo
he sido y lo soy, pero, ¿podría decirse que estoy loco? La enfermedad había
agudizado mis sentidos, no los había destruido ni apagado. Sobre todo, tenía el
sentido del oído agudo. Oía todo sobre el cielo y la tierra. Oía muchas cosas
del infierno. Entonces, ¿cómo voy a estar loco? Escuchen y observen con qué
tranquilidad, con qué cordura puedo contarles toda la historia.
Me resulta imposible decir cómo surgió en mi cabeza esa idea
por primera vez; pero, una vez concebida, me persiguió día y noche. No
perseguía ningún fin. No había pasión. Yo quería mucho al viejo. Nunca me había
hecho nada malo. nunca me había insultado. no deseaba su oro. Creo que fue su
ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre. Era un ojo de un
color azul pálido, con una fina película delante. Cada vez que posaba ese ojo
en mí, se me enfriaba la sangre; y así, muy gradualmente, fui decidiendo
quitarle la vida al viejo y quitarme así de encima ese ojo para siempre.
Pues bien, así fue. Usted creerá que estoy loco. Los locos
no saben nada. Pero debería haberme visto. Debería usted haber visto con qué
sabiduría procedí, con qué cuidado, con qué previsión, con qué disimulo me puse
a trabajar. Nunca había sido tan amable con el viejo como la semana antes de
matarlo. Y cada noche, cerca de medianoche, yo hacía girar el picaporte de su
puerta y la abría, con mucho cuidado. Y después, cuando la había abierto lo
suficiente para pasar la cabeza, levantaba una linterna cerrada, completamente
cerrada, de modo que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza.
¡Cómo se habría reído usted si hubiera visto con qué astucia pasaba la cabeza!
La movía muy despacio, muy lentamente, para no molestar el sueño del viejo. Me
llevaba una hora meter toda la cabeza por esa abertura hasta donde podía verlo
dormir sobre su cama. ¡Ja! ¿Podría un loco actuar con tanta prudencia? Y luego,
cuando mi cabeza estaba bien dentro de la habitación, abría la linterna con
cautela, con mucho cuidado (porque las bisagras hacían ruido), hasta que un
solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Hice todo esto durante siete
largas noches, cada noche cerca de las doce, pero siempre encontraba el ojo
cerrado y era imposible hacer el trabajo, ya que no era el viejo quien me
irritaba, sino su ojo. Y cada mañana, cuando amanecía, iba sin miedo a su
habitación y le hablaba resueltamente, llamándole por su nombre con voz cordial
y preguntándole cómo había pasado la noche. Por tanto verá usted que tendría
que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que cada noche, a las doce,
yo iba a mirarlo mientras dormía.
La octava noche, fui más cuidadoso cuando abrí la puerta. El
minutero de un reloj de pulsera se mueve más rápido de lo que se movía mi mano.
Nunca antes había sentido el alcance de mi fuerza, de mi sagacidad. Casi no
podía contener mis sentimientos de triunfo, al pensar que estaba abriendo la
puerta poco a poco, y él ni soñaba con el secreto de mis acciones e ideas. Me
reí entre dientes ante esa idea. Y tal vez me oyó porque se movió en la cama,
de repente, como sobresaltado. pensará usted que retrocedí, pero no fue así. Su
habitación estaba tan negra como la noche más cerrada, ya que él cerraba las
persianas por miedo a que entraran ladrones; entonces, sabía que no me vería
abrir la puerta y seguí empujando suavemente, suavemente.
Ya había introducido la cabeza y estaba para abrir la
linterna, cuando mi pulgar resbaló con el cierre metálico y el viejo se
incorporó en la cama, gritando:
-¿Quién anda ahí?
Me quedé quieto y no dije nada. Durante una hora entera, no
moví ni un músculo y mientras tanto no oí que volviera a acostarse en la cama.
Aún estaba sentado, escuchando, como había hecho yo mismo, noche tras noche,
escuchando los relojes de la muerte en la pared.
Oí de pronto un quejido y supe que era el quejido del terror
mortal, no era un quejido de dolor o tristeza. ¡No! Era el sonido ahogado que
brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Yo conocía
perfectamente ese sonido. Muchas veces, justo a medianoche, cuando todo el
mundo dormía, surgió de mi pecho, profundizando con su temible eco, los
terrores que me enloquecían. Digo que lo conocía bien. Sabía lo que el viejo
sentía y sentí lástima por él, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Sabía
que él había estado despierto desde el primer débil sonido, cuando se había
vuelto en la cama. Sus miedos habían crecido desde entonces. Había estado
intentando imaginar que aquel ruido era inofensivo, pero no podía. Se había
estado diciendo a sí mismo: "No es más que el viento en la chimenea, no es
más que un ratón que camina sobre el suelo", o "No es más que un
grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de convencerse de
estas suposiciones, pero era en vano. Todo en vano, ya que la muerte, al
acercársele se había deslizado furtiva y envolvía a su víctima. Y era la
fúnebre influencia de aquella imperceptible sombra la que le movía a sentir,
aunque no veía ni oía, a sentir la presencia dentro de la habitación.
Cuando hube esperado mucho tiempo, muy pacientemente, sin
oír que se acostara, decidí abrir un poco, muy poco, una ranura en la linterna.
Entonces la abrí -no sabe usted con qué suavidad- hasta que, por fin, su solo
rayo, como el hilo de una telaraña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el
ojo del buitre.
Estaba abierto, bien abierto y me enfurecí mientras lo
miraba, lo veía con total claridad, de un azul apagado, con aquella terrible
película que me helaba el alma. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo,
ya que había dirigido el rayo, como por instinto, exactamente al punto maldito.
¿No le he dicho que lo que usted cree locura es solo mayor
agudeza de los sentidos? Luego llegó a mis oídos un suave, triste y rápido
sonido como el que hace un reloj cuando está envuelto en algodón. Aquel sonido
también me era familiar. Era el latido del corazón del viejo. Aumentó mi furia,
como el redoblar de un tambor estimula al soldado en batalla.
Sin embargo, incluso en ese momento me contuve y seguí
callado. Apenas respiraba. Mantuve la linterna inmóvil. Intenté mantener con
toda firmeza la luz sobre el ojo. Mientras tanto, el infernal latido del
corazón iba en aumento. Crecía cada vez más rápido y más fuerte a cada
instante. El terror del viejo debe haber sido espantoso. Era cada vez más
fuerte, más fuerte... ¿Me entiende? Le he dicho que soy nervioso y así es. Pues
bien, en la hora muerta de la noche, entre el atroz silencio de la antigua
casa, un ruido tan extraño me excitaba con un terror incontrolable. Sin
embargo, por unos minutos más me contuve y me quedé quieto. Pero el latido era
cada vez más fuerte, más fuerte. Creí que aquel corazón iba a explotar. Y se
apoderó de mí una nueva ansiedad: ¡Los vecinos podrían escuchar el latido del
corazón! ¡Al viejo le había llegado la hora! Con un fuerte grito, abrí la
linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez, sólo una vez.
En un momento, lo tiré al suelo y arrojé la pesada cama sobre él. Después
sonreí alegremente al ver que el hecho estaba consumado. Pero, durante muchos
minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Sin embargo, no me
preocupaba, porque el latido no podría oírse a través de la pared. Finalmente,
cesó. El viejo estaba muerto. Quité la cama y examiné el cuerpo. Sí, estaba
duro, duro como una piedra. Pasé mi mano sobre el corazón y allí la dejé
durante unos minutos. No había pulsaciones. Estaba muerto. Su ojo ya no me
preocuparía más.
Si aún me cree usted loco, no pensará lo mismo cuando
describa las sabias precauciones que tomé para esconder el cadáver. La noche
avanzaba y trabajé con rapidez, pero en silencio. En primer lugar descuarticé
el cadáver. le corté la cabeza, los brazos y las piernas. Después levanté tres
planchas del suelo de la habitación y deposité los restos en el hueco. Luego
coloqué las tablas con tanta inteligencia y astucia que ningún ojo humano, ni
siquiera el suyo, podría haber detectado nada extraño. No había nada que
limpiar; no había manchas de ningún tipo, ni siquiera de sangre. Había sido
demasiado precavido para eso. Todo estaba recogido. ¡Ja, ja!
Cuando terminé con estas tareas, eran las cuatro... Todavía
oscuro como medianoche. Al sonar la campanada de la hora, golpearon la puerta
de la calle. Bajé a abrir muy tranquilo, ya que no había anda que temer.
Entraron tres hombres que se presentaron, muy cordialmente, como oficiales de
la policía. Un vecino había oído un grito durante la noche, por lo cual había
sospechas de algún atentado. Se había hecho una denuncia en la policía, y
ellos, los oficiales, habían sido enviados a registrar el lugar. Sonreí, ya que
no había nada que temer. Di la bienvenida a los caballeros. Dije que el alarido
había sido producido por mí durante un sueño. Dije que el viejo estaba fuera,
en el campo. Llevé a los visitantes por toda la casa. Les dije que registraran
bien. Por fin los llevé a su habitación, les enseñé sus tesoros, seguros e intactos.
En el entusiasmo de mi confianza, llevé sillas al cuarto y les dije que
descansaran allí mientras yo, con la salvaje audacia que me daba mi triunfo
perfecto, colocaba mi silla sobre el mismo lugar donde reposaba el cadáver de
la víctima.
Los oficiales se mostraron satisfechos. Mi forma de proceder
los había convencido. Yo me sentía especialmente cómodo. Se sentaron y hablaron
de cosas comunes mientras yo les contestaba muy animado. Pero, de repente,
empecé a sentir que me ponía pálido y deseé que se fueran. Me dolía la cabeza y
me pareció oír un sonido; pero se quedaron sentados y siguieron conversando. El
ruido se hizo más claro, cada vez más claro. Hablé más como para olvidarme de
esa sensación; pero cada vez se hacía más claro... hasta que por fin me di
cuenta de que el ruido no estaba en mis oídos.
Sin duda, me había puesto muy pálido, pero hablé con más
fluidez y en voz más alta. Sin embargo, el ruido aumentaba. ¿Qué hacer? Era un
sonido bajo, sordo, rápido... como el sonido de un reloj de pulsera envuelto en
algodón. traté de recuperar el aliento... pero los oficiales no lo oyeron.
Hablé más rápido, con más vehemencia, pero el ruido seguía aumentando. Me puse
de pie y empecé a discutir sobre cosas insignificantes en voz muy alta y con
violentos gestos; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban?
Caminé de un lado a otro con pasos fuerte, como furioso por las observaciones
de aquellos hombres; pero el sonido seguía creciendo. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía
hacer yo? Me salía espuma de la rabia... maldije... juré balanceando la silla
sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del suelo, pero el
ruido aumentaba su tono cada vez más. Crecía y crecía y era cada vez más
fuerte. Y sin embargo los hombres seguían conversando tranquilamente y
sonreían. ¿Era posible que no oyeran? ¡Dios Todopoderoso! ¡No, no! ¡Claro que
oían! ¡Y sospechaban! ¡Lo sabían! ¡Se estaban burlando de mi horror! Esto es lo
que pasaba y así lo pienso ahora. Todo era preferible a esta agonía. Cualquier
cosa era más soportable que este espanto. ¡Ya no aguantaba más esas hipócritas
sonrisas! Sentía que debía gritar o morir. Y entonces, otra vez, escuchen...
¡más fuerte..., mas fuerte..., más fuerte!
-¡No finjan más, malvados! -grité- . ¡Confieso que lo maté!
¡Levanten esas tablas!... ¡Aquí..., aquí! ¡Donde está latiendo su horrible
corazón!
Argumento:
Se encontraban hablando un psicólogo y un hombre el cual se
le determinaba si estaba loco, el hombre presentaba actitudes de locura pero le
empezó a hablar al psicólogo de un asesinato que el mismo había realizado.
Comento que todas las tarde que salía de su casa había un
anciano que poseía un ojo de buitre y que cada vez que lo miraba sentía un
escalofrió y desde la primera vez que lo vio esa misma noche, lo empezó a
espiar a la media noche entro a la casa y siempre prendía una linterna con una
luz muy fina, para poderle apuntar a los ojos pero siempre estaba dormido hasta
que a la octava noche tratando de abrir ola ventana se le resbalo la mano y
produjo un gran ruido, quedando el anciano sentado y pegando un grito, el
hombre no hacia ninguna clase de ruido y durante una hora fue así, el anciano
no se acostaba entonces el hombre predio la linterna y al encenderla le estaba
apuntando a los ojos inmediatamente se le lanzo, lo boto al piso y la cama se
la voltio para ahogarlo, pero detonas maneras el corazón seguí latiendo, el
hombre lo ahogo por su propia cuenta para deshacerse del cuerpo quito tres
metros de arena y al cuerpo lo despedazo la cabeza por un lado los brazos por
otro y las piernas, lo enterró disimulando la realización del hueco en el
terreno.
Cuando al otro día llego la policía diciendo que habían
dicho que en esta parte se escucho un grito, el hombre empezó a negar todo,
estaba muy calmado pero al final ya que los policías se iban a ir el hombre se
puso pálido, nervioso le empezó a salir espuma por la boca, hasta que confeso
el lugar donde lo había enterrado.
La conclusión de este cuento se basa en que por mas que uno
quiera ocultar las cosas esas cosas se terminan sabiendo por si solas sin
querer uno expresarlas mas los nervios de esconder un cadáver.
Un hombre confiesa haber matado a un viejo por temor al ojo
de la víctima. Los sonidos que sólo él oye le atormentan. Un maníaco asesino es
impelido por su inconsciente a confesar su culpa, donde el asesino termina
entregándose por no soportar la opresión de la culpa, porque no deja de sentir
el corazón que enterró latiendo, la mirada del ojo que cerró.
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